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¿Qué determina que uno nazca con determinadas cualidades y que le falten otras, que nazca en una familia o en otra? Seguramente te has preguntado:¿ Por qué los talentos están repartidos en formas tan distintas? ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué a mí?
Tal vez hemos llegado a pensar que las circunstancias en las que nos encontramos son fruto de la casualidad, el “destino” o de una voluntad ajena a nosotros, pero que finalmente, escapa de nuestro control. Pensando así, nos limitamos a soportar la vida creyendo que es injusta o que por el contrario “todo es cuestión de suerte”. Así, si sucede algo, bueno o malo, no lo relacionamos con nuestras propias decisiones, pensamientos o sentimientos.
Estamos por entrar a Enero, el mes dedicado en épocas lejanas al dios romano Janos –en latín, Janus- , formidable figura de doble rostro, uno que mira hacia el pasado y otro que apunta hacia el futuro. Este dios regía el fin de un año y el inicio de otro. En su honor el primer mes del año fue llamado “Ianuarius”, de allí nos viene el nombre de “enero”.
Janos, dios de los cambios y las transiciones, de los momentos en los que se traspasa el umbral que separa el pasado y el futuro. Se le honraba cada vez que se iniciaba un proyecto nuevo, nacía un bebe o se contraía matrimonio; es decir, en el comienzo de una nueva etapa. Su protección se extendía hacia aquellos que deben cambiar algo en sus vidas.
El inicio de un nuevo año nos lleva casi obligadamente a echar una mirada sobre nuestras vidas, la individual y la del conjunto de la Humanidad, mirada que se vuelve retrospectiva por una parte y de proyección hacia el futuro por la otra.
Lo más hermoso que tenemos es imaginar este futuro, pintarlo con los colores de nuestros sueños y esperanzas, confiar en que el tiempo, con su andar, traerá acontecimientos mejores en todos los sentidos. Pero por mucho que lancemos esos deseos hacia adelante, el futuro está teñido de aquello que ya hemos vivido, de las experiencias recogidas, de escasos y luminosos momentos de felicidad, y muchos de miedo y angustia.
Desde pequeños, las preguntas nos han acompañado e impulsado a descubrir la vida.
¿Quién no se ha preguntado, alguna vez, quién hizo este mundo y para qué, si existe el destino, si existe la eternidad, si realmente tenemos un alma inmortal o todo acaba con la muerte, cuáles son los límites del universo…
Un banquero, que se encontraba en el muelle de un pueblito costero, vio aproximarse un bote que llegaba con un solo pescador, trayendo consigo varios pescados de muy buen tamaño. Bajando a su encuentro, y elogiándolo por la calidad de sus ejemplares, le preguntó:
-¿Cuánto tiempo te ha llevado pescarlos?
- Sólo un poco de tiempo
–le respondió el pescador.
- Entonces ¿por qué no permaneces más tiempo pescando?
Todos nos hemos hecho estas preguntas alguna vez: ¿Para qué estamos en el mundo?¿Existe un motivo o simplemente nuestra vida no tiene razón de ser? Cuestionarse sobre estos temas es propio de nuestra condición humana, todos buscamos una explicación racional a las cosas que vivimos. Todos somos, en alguna medida, filósofos.
Esta inquietud no tiene época, no tiene edad ni es solo una moda. El hombre siempre tuvo esas interrogantes. Veamos qué dicen las filosofías de las culturas más grandes que ha tenido la humanidad.
El diamante es la gema más preciada del mundo. Su dureza, transparencia y brillo resplandesciente, no tienen igual. Su nombre deriva de la palabra “adamas” que significa “invencible”. Es muy difícil romper un diamante: hacen falta 4,000 grados centígrados para fundirlo -dos veces y media más de lo que se necesita para fundir el acero-. Su composición, sin embargo, es muy simple: moléculas de carbono.
Su dureza se debe a su estructura interna, ordenada en forma piramidal: si ponemos cualquiera de sus lados como base, podremos contar los átomos de carbono por capas, teniendo la primera uno, la segunda cuatro, la tercera nueve y la cuerta dieciséis, lo que hace una sucesión de cuadrados 12, 22, 32 y 42.
“Los coléricos tienen su alma en las manos de otros. No importa quién, puede agitarlos, atormentarlos, enloquecerlos. ”
Amado Nervo
La palabra “unificar” procede del latín unus y facere, “hacer uno”, es decir, reunir varias partes diferentes aunque coherentes y conjugarlas de modo que podamos lograr una unidad armónica y homogénea. Es un acto de acercamiento, de conexión que, de no existir, haría que cada una de las partes o de los seres siguieran caminos diversos –cosa que no está mal- pero divididos, desunidos y contrapuestos. Sin ese gesto de unificación, nos tocaría vivir en un perpetuo caos en el cual sería muy difícil encontrar sentido a la existencia y a sus circunstancias variables.
Precisamente, la enfermedad que se abate sobre nuestro presente histórico – y ya hace bastante tiempo que la arrastramos larvada- es el separatismo, el desmembramiento, la lucha abierta entre facciones que cada vez se hacen más pequeñas, hasta llegar al enfrentamiento de un individuo con otro. Esto se vive en el ambiente político, cultural, religioso, artístico, social, familiar; se percibe en las calles de las grandes ciudades y ya va haciendo mella en los pequeños pueblos. La desconfianza es dueña y señora de los ánimos y eso se revierte en descortesía, brusquedad, irritación, falta de escrúpulos, carencia de sinceridad, egoísmo…
La Filosofía puede ser muy útil y esclarecedora para nuestra vida, tómate un minuto para leer esta anécdota.
En la antigua Grecia, el filósofo Sócrates gozaba de alta reputación y admiración por sus conocimientos. Un día un conocido encontró al gran Maestro en la calle, y le dijo:



